





"La emperatriz era una jovenzuela que pasaba por su decimoctavo
invierno; aun conservaba cara de niña, redonda y pecosa, sus ojos grandes y su
nariz respingona le daban un aire travieso, todo enmarcado por una hermosa
melena dorada con dos largas trenzas que caían desde la diadema de plata
delicadamente trabajada, puesta a modo de corona."
Debo empezar reconociendo que apareció en un momento algo tardío; en principio el Emperador permanecía viudo a lo largo de toda la historia, pero desde el momento en que decidí introducir a este personaje, resultó dar mucho juego, propiciando, de entrada, un triángulo amoroso con Urúndakh, el heredero y dándole a éste una nueva motivación para sus actos posteriores. También me da la oportunidad de profundizar en las leyes y costumbres de Nordheim, dando a entender que la poligamia, o al menos la bigamia, es una práctica corriente entre la realeza y la nobleza del imperio (aunque, en este caso, las dos esposas no coincidan, ya que la primera ha muerto)

Jessica Stam, modelo canadiense de 22 años, resultó ser la encarnación perfecta para Hjíadfahl. Bueno, vale, lo de las pecas es una aportación propia, pero quizá venga por el influjo de una película que me entusiasmó: Beowulf, de Robert Zemeckis
He aquí a las dos reinas de Beowulf. La excelente película de animación 3D, adaptación soberbia del poema épico anglosajón, que ha resultado ser una de mis grandes influencias a nivel visual. El parecido de Hjíadfahl con Úrsula, la más joven es un tanto evidente, pero al describir su aspecto también tenía en cuenta a la mayor, Welthew. La mezcla de todas esta imágenes conforman el aspecto definitivo de la reina (quizá haga una dibujo, pero los personajes femeninos se me dan peor)
Como ya he comentado, Hjíadfahl es un personaje que tendrá bastante influencia en el devenir de los acontecontecimientos, aunque más adelante cederá protagonimo ante otro personaje que hasta entonces se mantendrá en un discreto segundo plano... pero eso prefiero dejarlo para el momento adecuado.
"Los hombres dragón. Urundakh se preguntó que tendrían de hombre esas criaturas, aparte del nombre. Casi tan estremecedor como el sacrificio a Wurmdag fue ver por primera vez el nacimiento de uno de esos monstruos. La semilla del dragón era depositada en decenas de desgraciadas esclavas y prisioneras cada semana y a la siguiente daban a luz a pequeños demonios que en tres meses ya eran más grandes que un hombre. Cuando alcanzaban su máximo tamaño, le sacaban la cabeza al los hombres más altos y triplicaban su peso. Tenían la ferocidad de un oso y el doble de su fuerza y eran obedientes y rematadamente estúpidos: el soldado perfecto.
¿Y las mujeres? Lo normal es que al mes murieran de agotamiento, si es que antes no se habían desangrado o sucumbido a alguna complicación por sacar de su vientre a un monstruo el doble de grande que un bebé normal."
"...la archidruidesa tenía un tono más grave de lo normal: era la persona más anciana del santuario y la que aparentaba más edad: en el pasado había abandonado el valle varias veces durante largas temporadas, sirviendo a los reyes de Éyrdath cuando éstos solicitaban sus servicios, y tenía ahora el aspecto de una mujer madura, casi anciana, pero llena de vitalidad, a pesar de que decía haber visto y vivido cosas terribles de las que apenas hablaba. Tenía un rostro armonioso y aún conservaba bastante de la belleza de la que había gozado en su juventud, dejada atrás hacía muchos años, pero las estancias fuera del santuario lo habían marcado con arrugas, tiñendo de plata su melena de un castaño casi rubio, dotándola de una expresión de venerable bondad que ocultaba profundas cicatrices que a veces se podían atisbar en sus ojos verdes, como en esa ocasión."